En Rupumeica Bajo, cerca de la cordillera y del límite con Argentina, Gladys Quintul cultiva, cosecha y resguarda semillas que han acompañado a su familia por generaciones. En el marco del Día Internacional de las Mujeres Indígenas, conversamos con ella sobre una práctica que va mucho más allá de la agricultura: guardar semillas es preservar conocimientos, alimentación, autonomía y una forma de relacionarse con la tierra.
En el sector de Caicayén, en Rupumeica Bajo, la vida de Gladys Quintul está profundamente vinculada a la tierra. Allí, en un territorio cordillerano cercano al lago Maihue, ha dedicado gran parte de su vida a cultivar la huerta y producir alimentos para su familia.
“Yo soy mapuche, soy williche, de acá del sur, y mi trabajo consiste en sembrar para la autoalimentación”, cuenta.
Para Gladys, cultivar sus propios alimentos tiene un sentido que trasciende la producción. Significa conocer aquello que llega a la mesa, saber de dónde proviene y cómo fue cuidado. “Sé lo que como, sé lo que le he hecho a mis siembras, estoy segura de que mis semillas están sanas, que mi verdura está sana”, explica. Una práctica que relaciona directamente con el küme mongen, el buen vivir: “Para tener un buen vivir hay que estar sano”.
Pero en su huerta también se conserva algo menos visible: una memoria que ha pasado de generación en generación.
Gladys aprendió a guardar semillas observando a su familia y, especialmente, a sus mayores. “Uno siempre aprende más de los abuelos que de los propios papás”, recuerda. En ellos reconoce una fuente fundamental de transmisión de conocimientos y afectos: saber cuándo sembrar, cómo cosechar, qué guardar y cómo asegurar que una semilla pueda volver a germinar al año siguiente.
Semillas que circulaban de mano en mano
Ser guardadora de semillas, explica, significa continuar una práctica antigua. Hubo un tiempo en que las semillas no se compraban cada temporada: permanecían en las familias y circulaban también entre vecinos y comunidades.
“Antiguamente no se compraba la semilla, la gente tenía su propia semilla”, relata.
Si una familia perdía una variedad o necesitaba alguna que no tenía, recurría a otra persona. Se preguntaba, se intercambiaba y se compartía. Gladys recuerda esa dinámica desde su infancia: sus abuelos acudían a los vecinos buscando aquello que faltaba y ofreciendo a cambio lo que ellos mismos habían producido.
Era una economía basada no solamente en bienes, sino también en relaciones de reciprocidad y confianza.
“Así eran los tiempos cuando yo era niña”, recuerda. Hoy observa una transformación: “No era comercial; ahora todo es comercial, ahora todo se transformó en comercio”.
Frente a esos cambios, guardar semillas adquiere un significado distinto. Ya no se trata solamente de continuar una costumbre cotidiana, sino de proteger deliberadamente algo que puede desaparecer.
“Guardar la semilla significa prolongar la vida”
Cuando se le pregunta qué representa para ella esta labor, Gladys responde con una imagen sencilla y profunda:
“Guardar la semilla significa prolongar la vida, guardar vida. Al guardar alimento, uno resguarda la vida”.
Su relación con las semillas tampoco es únicamente productiva. Habla de ellas como compañeras que atraviesan el tiempo junto a ella.
“Las semillas para mí son como unas hermanas, unas hermanas en mi caminar, en mi vivir, porque cada año las semillas avanzan junto conmigo”.
Actualmente conserva al menos 30 variedades. Entre ellas hay semillas de hortalizas, arvejas, porotos, habas y otras que ha ido manteniendo y recuperando a lo largo de los años.
El proceso exige dedicación. Después de la cosecha, las semillas deben secarse, limpiarse, airearse y quedar libres de impurezas. Algunas son sometidas al frío para evitar la aparición de gorgojos y posteriormente Gladys las sella al vacío.
También existe una regla fundamental: nunca utilizarlo todo.
Una parte de cada cosecha debe quedar reservada para volver a sembrar. Incluso ante una temporada difícil o un acontecimiento inesperado, ese pequeño remanente permite comenzar nuevamente. “Con un par de granitos de semilla o de una legumbre, uno puede volver a multiplicar sus semillas”, explica.
Ese gesto de guardar una pequeña porción contiene, entonces, una posibilidad de futuro.
Las semillas que ya no están
Gladys también ha sido testigo de pérdidas.
Recuerda variedades que eran habituales durante su infancia y que hoy prácticamente han desaparecido. Una de ellas permanece especialmente viva en su memoria: una pequeña arveja amarilla que conocían como “yema de huevos”.
“Era amarillita, chiquitita. Yo me acuerdo. Era muy rica esa arveja. Y ahora ya no existe”.
Durante años la ha buscado en lugares donde antiguamente se cultivaba, sin conseguir encontrarla.
También menciona la linaza, que ella todavía conserva y utiliza, y las lentejas, que continúa sembrando pese a que cada vez observa menos cultivos de este tipo en su entorno.
La desaparición de una semilla no significa solamente perder una variedad agrícola. Con ella también pueden desaparecer sabores, preparaciones, recuerdos y conocimientos asociados a su cultivo y utilización.
Por eso la labor de las guardadoras adquiere una dimensión patrimonial: en cada semilla que logra reproducirse permanece también una parte de la memoria de quienes la cultivaron antes.
Un conocimiento que necesita nuevas manos
Pensar en quién continuará este trabajo no es sencillo para Gladys. Reconoce que muchas veces los conocimientos de las personas mayores son valorados plenamente solo cuando ellas ya no están.
“El legado es muy difícil mantenerlo. La gente le da valor cuando la gente ya no está”, reflexiona.
Sin embargo, su mirada hacia el futuro conserva esperanza. Habla del kimün, el conocimiento que permanece y vuelve a manifestarse en las siguientes generaciones.
“Siempre va a haber alguien que recibe ese conocimiento del antiguo”, señala.
Hoy, además, hay personas que llegan hasta su territorio interesadas en conocer lo que hace, aprender sus prácticas y comenzar a guardar sus propias semillas. En un escenario marcado por la producción industrial y la pérdida progresiva de variedades tradicionales, ese interés abre nuevas posibilidades de continuidad.
Para Gladys, aquello que antiguamente era una práctica habitual hoy debe ser conscientemente puesto en valor.
Quizás allí radique una de las dimensiones más profundas de su trabajo. Gladys no conserva las semillas para que permanezcan inmóviles en un recipiente. Las guarda para que vuelvan a la tierra, germinen, alimenten a otras personas y puedan nuevamente ser guardadas.
Porque una semilla conservada es memoria, pero una semilla que vuelve a sembrarse es también futuro.
Y así como las recibió de quienes estuvieron antes que ella, Gladys espera que algún día otras manos continúen su recorrido: “Cuando yo no esté, mis semillas van a seguir avanzando con la gente que las cuida, con la gente que aprenda a valorar lo que significa tener una semilla limpia, sana, sin intervención”.



